La presión por publicar y el sesgo en los trabajos científicos
Por José María Cabral • 26 Apr, 2010 • Sección: PortadaEn más de una oportunidad, las columnas de CTSBRIEF se han referido a los diversos “sesgos” que suelen afectar las publicaciones de los resultados de estudios clínicos, siendo uno de los más característicos la tendencia a publicar sólo aquellos que aparezcan como positivos en relación a los objetivos del estudio. Aunque no debiera servir de consuelo, una reciente investigación de Daniele Fanelli, de la Universidad de Edimburgo, viene a confirmar que el problema cruza transversalmente el trabajo académico de muchas disciplinas.
Términos como “significativo”, “nulo” o “negativo” son de uso corriente en la jerga de los científicos, aunque pueden inducir a un malentendido. Todos los resultados son igualmente relevantes para la ciencia, en la medida que se hayan obtenido siguiendo los estándares rigurosos de la investigación científica. Sin embargo, las revisiones de literatura y diversos meta-análisis han documentado ampliamente un exceso de resultados positivos y/o estadísticamente significativos en campos tan diversos como la biomedicina, biología, economía o sociología.
El trabajo de Fanelli, publicado en PLos ONE, señala que la gran competencia y la cultura de “publicar o perecer” característica de la vida académica, podría entrar en conflicto con la objetividad e integración de la investigación, porque fuerza a los científicos a producir resultados “publicables” a cualquier costo. Es menos probable que los trabajos que reportan resultados “negativos” –aquellos que no logran sustentar la hipótesis sometida a prueba en el trabajo-, lleguen a ser publicados o citados.
De ser cierto que la presión por publicar aumenta el sesgo, la mayor frecuencia de los resultados “positivos” en la literatura, debiera provenir de ambientes académicos caracterizados por ser competitivos y “productivos”. Esta es precisamente la hipótesis que Fanelli se encarga de verificar, mediante la medición de la frecuencia de resultados positivos en una muestra amplia de trabajos cuyos autores están basados en Estados Unidos. Su investigación indica que en todas las disciplinas, los trabajos publicados tenían una mayor probabilidad de apoyar las hipótesis de los mismos, si sus autores provenían de estados que según datos de la Fundación Nacional para la Ciencia (NSF) norteamericana, producían más trabajos académicos per capita. El tamaño de este efecto aumentaba cuando se procedía a controlar por gasto per capita en I&D en cada estado y por las características de cada trabajo -incluyendo disciplina y metodología-, que en investigaciones anteriores hubieran mostrado estar correlacionadas con resultados positivos.
Aunque el efecto del prestigio institucional no puede descartarse -los investigadores en las universidades más productivas bien pueden ser los más inteligentes y exitosos en sus experimentos- los resultados obtenidos por Fanelli abonan la hipótesis que los entornos competitivos incrementan no solo la productividad de los científicos, sino también su sesgo.
¿Qué sucede entonces con los resultados “negativos”? Según Fanelli, puede que sean simplemente archivados sin publicar, pero también puede que sean transformados en positivos mediante el reporte selectivo de los mismos, la reformulación de la hipótesis una vez que los resultados son conocidos o la directa alteración del método, el análisis o los datos.
Si bien la fabricación y falsificación de los datos puede ser algo muy poco frecuente, el mismo Fanelli se ha encargado de mostrar en otra investigación que otras prácticas cuestionables en investigación podrían ser relativamente comunes. Haciendo una revisión sistemática y un meta-análisis de unas 40 encuestas diferentes en las que se consultó a científicos si ellos mismos habían incurrido alguna vez en este tipo de comportamiento y/o si conocían situaciones de colegas que pudieran haberlo hecho, el autor demuestra cuán plausible resulta la sospecha. Nótese que el trabajo se centra exclusivamente en comportamientos que podrían distorsionar el conocimiento científico y no en otro tipo de contravenciones graves a la ética de la investigación como podría ser el plagio. Los resultados del trabajo indican que un 1,97% -como promedio agregado ponderado- de los científicos reconoce haber fabricado –inventado datos o casos-, falsificado –distorsión voluntaria de datos o resultados-, o modificado datos al menos una vez, y un 14.12% admite conocer colegas que han incurrido en dicha falta. En cuanto a otros comportamientos indebidos -rastrear relaciones estadísticamente significativas para luego presentarlas como el objetivo original del estudio, publicar selectivamente sólo aquello que sirve para sustentar una hipótesis, ocultar los conflictos de interés, etc.- los porcentajes de admisión son bastante mayores: un 33.7% en los auto-reportes y un 72% en el conocimiento de terceros infractores.
En el trabajo se mencionan distintas estimaciones del problema realizadas en otras investigaciones. Por ejemplo, auditorías de datos realizadas en forma rutinaria por la FDA entre 1977 y 1990, encontraron deficiencias y defectos en un rango del 10% al 20% de los estudios, lo que condujo a que un 2% de los investigadores clínicos fueron encontrados culpables de seria inconducta científica.
El análisis realizado en este trabajo anterior de Fanelli, mostró que las encuestas de auto-reporte, las que utilizaban los términos “fabricación” y “falsificación” o las que se realizaban por correo, arrojaban porcentajes menores de comportamientos incorrectos. Cuando se controlaba por estos factores, las situaciones de prácticas de investigación incorrectas eran más frecuentemente reportadas por investigadores médicos y farmacológicos que por científicos de otras disciplinas.
Fanelli D (2010) Do Pressures to Publish Increase Scientists’ Bias? An Empirical Support from US States Data.
PLoS ONE 5(4): e10271 doi:10.1371/journal.pone.0010271
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